En los últimos años la expresión “ciudadanía digital” se volvió cada vez más común. La escuchamos en las redes, en las universidades, en los medios y también en la política, casi como si fuera el nuevo modo de participar. Pero, en medio de tanta conversación sobre lo digital hay algo que parece habérsenos perdido de vista: participar políticamente no es solamente hacerse visible.

Las redes no nacieron para terminar con la política ni para reemplazar la organización. Al contrario: permitieron que muchas voces que antes no tenían lugar pudieran ser escuchadas, que los jóvenes pudieran expresarse y que determinados temas llegaran rápidamente a miles de personas. El problema apareció cuando empezamos a confundir algunas cosas: visibilidad con influencia, reaccionar con organizarse, viralizar con transformar. Y ahí estuvo el quiebre: un like no es un voto, un seguidor no es un militante, y ser tendencia no es tener una organización.
A esta juventud que crece dentro de esa confusión yo la llamo Generación Viral. No es una etiqueta que use para sumarme a la lista de “millennials”, “generación Z” o “nativos digitales” que ya andan dando vueltas. La llamo así porque no creció simplemente conectada: creció dentro de un sistema que le enseñó, desde el vamos, que lo que no circula no existe. Para esta generación, hacer política empezó a parecerse cada vez más a producir contenido que a construir poder. Y ahí es donde aparece lo que yo llamo la democracia del like: esa idea, instalada casi sin que nos diéramos cuenta, de que la cantidad de reacciones que junta una idea equivale a la fuerza política que tiene esa idea. Bajo esa lógica, la popularidad se confunde con la legitimidad. Pero son cosas distintas, y hay que decirlo así de simple: un like no es un voto, un aplauso digital no es una decisión tomada, y una tendencia de una semana no es un proyecto político.
La juventud necesita una política que le dé participación real, no una que la use solamente para mostrarse moderna. Hoy encontramos jóvenes profundamente conectados, pero muchas veces políticamente solos. Una causa aparece en las redes, genera miles de reacciones y comentarios, parece que todo el mundo está movilizado, y unos días después desaparece. La emoción fue enorme, la reacción también, pero el compromiso duró poco. Y esto debería hacernos pensar, porque transformar una realidad no se consigue solamente publicando algo que se vuelva viral: la transformación necesita tiempo, organización y personas dispuestas a sostener una idea incluso cuando deja de ser tendencia.
Una organización juvenil que se reúne, discute, escucha al que piensa diferente, trabaja en su barrio, sostiene una actividad y vuelve a reunirse la semana siguiente está haciendo política. Quizás no tenga millones de reproducciones, quizás nadie haga un video sobre eso, pero está construyendo algo mucho más difícil: un vínculo colectivo que puede durar. Ahí está una de las grandes diferencias de nuestro tiempo. La tecnología no es el problema; el problema aparece cuando creemos que la tecnología puede reemplazar todo lo demás. Comunicar es importante, y llegar a miles de personas en segundos es una herramienta extraordinaria, pero una publicación no reemplaza una reunión, un hashtag no reemplaza una organización, un video no reemplaza el trabajo de quienes ponen el cuerpo para sostener una causa. La pantalla puede amplificar una organización, pero difícilmente pueda reemplazarla.
También hay otra cuestión que merece atención: la formación. Cuando la política abandona los espacios donde los jóvenes podían estudiar, debatir, conocer ideas, discutir posiciones y construir una mirada propia sobre el mundo, deja un vacío que rápidamente ocupan las redes. Y acá quiero meterme con una palabra que se volvió sucia sin necesidad: adoctrinar. Le tenemos miedo, y entiendo por qué -nos recuerda autoritarismos, manuales únicos, obediencia sin preguntar-, pero en su sentido más básico remite a la transmisión de una doctrina, de un conjunto de ideas y principios. Y formar políticamente no debería significar imponer una mirada única, sino dar herramientas de pensamiento, ofrecer tradiciones, marcos y argumentos para que cada joven pueda construir una posición propia. Un joven que nunca recibió formación política tampoco llega vacío de ideas a la vida pública: llega lleno de las ideas que el algoritmo le fue mostrando, sin que nadie se las haya explicado, discutido o puesto en contexto. La diferencia no es entre adoctrinamiento y libertad de pensamiento; la diferencia está entre formarse con alguien que te explica, te discute y te deja elegir, o formarse solo, a los golpes de lo que más reacciones junta. Yo prefiero mil veces la primera.
Y las redes no siempre nos invitan a pensar; muchas veces nos invitan a reaccionar. El algoritmo sabe qué nos gusta, qué nos enoja, qué nos genera miedo y qué nos hace quedarnos mirando unos segundos más. Nos muestra más de aquello que ya consumimos y, poco a poco, puede hacernos creer que nuestra propia mirada es la única que existe. Pero la política no puede reducirse a eso: la política también es aprender, discutir, equivocarse, escuchar, cambiar de opinión y, sobre todo, aprender a convivir con quienes piensan diferente.
No es lo mismo estar conectado que estar organizado. Frente a una injusticia o un conflicto social, muchas veces la primera reacción ya no es convocar a una reunión, una asamblea o un encuentro barrial: es publicar, publicar rápido, mostrar indignación, conseguir reacciones, buscar que algo se vuelva tendencia. Y mientras tanto la pregunta más importante puede quedar sin respuesta: ¿qué necesita realmente esa juventud, que alguien capture su atención durante unos segundos, o que alguien la ayude a construir algo que pueda cambiar su realidad?
Y acá hay una responsabilidad que no podemos esquivar, y que es, para mí, la más importante de toda esta columna. No alcanza con decir que los jóvenes se refugiaron en las redes porque las redes son irresistibles. También tenemos que preguntarnos cuánto tuvo que ver en ese proceso el hecho de que los partidos políticos no les ofrecieran otros lugares de participación real. Cuántas veces vimos juventudes partidarias llenas de entusiasmo, militando, pegando afiches, llenando actos, y después, a la hora de armar listas o repartir responsabilidades reales, esa juventud vuelve a quedar afuera. Se la usa para la foto y se la deja afuera de la decisión. Y cuando una generación entera aprende, una y otra vez, que adentro de la estructura partidaria no hay lugar real para ella, no es sorpresa que termine buscando en una pantalla lo que la política le negó en la mesa chica: un espacio donde al menos parezca que su voz importa. La Generación Viral no le dio la espalda a la militancia territorial solamente porque prefiera el teclado. Muchas veces, le dieron la espalda a ella primero.
Por eso me gusta establecer una diferencia que considero fundamental: no es lo mismo ser un usuario conectado que ser un ciudadano organizado. El ciudadano organizado también usa las redes, también publica, comparte, comunica y participa de las conversaciones digitales, pero no queda encerrado ahí. Puede decir “entiendo la indignación del momento, pero para cambiar las cosas necesitamos tiempo, organización y trabajo”. Está en la red, pero no desaparece dentro de ella. En cambio, cuando toda la participación depende de la reacción del momento, el usuario termina adaptándose permanentemente a lo que funciona en la plataforma: cambia el mensaje porque cambió la tendencia, cambia la forma de hablar porque cambió lo que genera interacción, y poco a poco la causa puede terminar convertida en una marca personal. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿estamos construyendo una causa o estamos construyendo una imagen? La diferencia no es menor. Una comunidad organizada puede sostenerse cuando cambia la agenda; una cuenta personal puede perder relevancia cuando cambia el algoritmo. Una organización forma personas, una tendencia forma estadísticas; una comunidad construye vínculos, una pantalla construye audiencia. Y necesitamos las dos cosas, pero no debemos confundirlas.
Durante mucho tiempo la política pensó en el militante como alguien que formaba parte de una organización, participaba de sus actividades, discutía sus ideas y asumía responsabilidades. La llegada de las redes sociales produjo otra figura: el usuario. Y buena parte de la arquitectura de las plataformas está pensada alrededor de esa figura: mientras más tiempo lo retengan, mientras mejor le acierten con lo que le muestran, mejor le va al negocio. No hay nada oculto ni conspirativo en esto. Es, simplemente, el modelo de negocio de las empresas que administran esas plataformas. El problema aparece cuando trasladamos esa misma lógica de “dale al usuario lo que quiere ver” al terreno de la política, porque ahí las consecuencias no se miden en minutos de pantalla, sino en decisiones que afectan a comunidades enteras. Un problema de un barrio no desaparece porque dejó de ser tendencia. Una injusticia no se soluciona porque dejamos de hablar de ella. Una comunidad no se construye con reproducciones. Y una democracia no se sostiene solamente con usuarios conectados: se sostiene con ciudadanos.
Las juventudes no necesitan políticos que simplemente aprendan sus modismos, imiten sus formas de hablar o intenten parecer jóvenes en las redes. Necesitan algo mucho más difícil: espacios donde puedan participar de verdad. Necesitan formación, necesitan discutir ideas, necesitan conocer la historia, necesitan encontrarse con quienes piensan diferente, necesitan equivocarse, necesitan organizarse. Y necesitan también dirigentes capaces de escucharlos, no solamente de utilizarlos cuando llega una elección, porque una juventud que solamente sirve para llenar una foto, compartir una publicación o acompañar una campaña no está participando realmente del poder: está siendo utilizada como escenografía. Y la juventud merece mucho más que eso.
Quizás el verdadero desafío de las nuevas generaciones no sea conseguir cada vez más atención en las redes, sino recuperar algo que parece viejo pero que sigue siendo fundamental: la capacidad de organizarse. Organizarse para sostener una idea, para defender una causa, para discutir con quien piensa diferente, para soportar que un proyecto no dé resultados inmediatamente, y para volver a intentarlo. Porque la política real tiene algo que las redes sociales no pueden ofrecer: tiempo. El tiempo de conocerse, de confiar, de discutir, de construir, de equivocarse y volver a empezar.
La ciudadanía digital no tiene por qué enfrentarse con la organización territorial. Puede potenciarla. Y esa tarea no le corresponde solamente a los jóvenes. Le corresponde también a los partidos políticos, que durante años se acostumbraron a pedirle entusiasmo a su juventud sin devolverle poder de decisión, y que ahora se sorprenden de que esa misma juventud prefiera construir su identidad política afuera de la estructura, en una plataforma, antes que adentro de una organización que nunca le ofreció un lugar real. Si algún día se resuelve esa cuenta pendiente, vamos a saber si la Generación Viral fue, en definitiva, la generación que se cansó de esperar su turno, o la que finalmente encontró la forma de organizarse a su manera.

Sobre el autor
Danilo Fabián Fernández es Profesor de Educación Secundaria en Ciencia Política y en Historia formado en el Instituto de Educación Superior de Machagai – Chaco. Actualmente cursa estudios universitarios en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) vinculadas a la Docencia Superior y ha realizado diversas especializaciones vinculadas con su área de formación profesional.
Se desempeña como docente en diferentes instituciones educativas de la ciudad de Goya, desarrollando su labor en áreas vinculadas con la Historia, la Ciencia Política, la Opinión Pública, la Sociología y la Ética y Ciudadanía. Paralelamente, desarrolla actividades vinculadas con la comunicación y el análisis de la realidad social y política, desempeñándose como periodista digital y creador de contenidos de divulgación.
Su trabajo articula educación, comunicación, ciencia política, cultura y análisis social, con especial interés en las transformaciones contemporáneas de la participación ciudadana, las juventudes, la comunicación digital y las nuevas formas de construcción de opinión pública.
“Generación Viral: Juventud digital, algoritmos y fragmentación de la ciudadanía contemporánea” constituye una teorización que excede los límites de esta columna y forma parte de un proyecto de reflexión teórica más amplio, orientado a analizar sistemáticamente las transformaciones contemporáneas de la juventud, la ciudadanía, la comunicación digital y las formas de participación política.