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Gauchito Gil: Mercedes fue epicentro de una fe que desbordó las rutas y el alma correntina

Cada 8 de enero, la ciudad de Mercedes deja de pertenecerse a sí misma para entregarse a una devoción que tiñe de rojo el paisaje correntino. Este año, la conmemoración de Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil Nuñez no fue la excepción: miles de fieles provenientes de los puntos más remotos del país convirtieron el kilómetro 232 de la Ruta Nacional 123 en un mar de banderas, cintas y promesas cumplidas. Bajo un sol abrasador que superó los 40 grados, el santuario fue testigo de una mística que combina el fervor religioso con la identidad gaucha más profunda.

La jornada comenzó antes del alba con una «serpiente humana» que se perdía en el horizonte, esperando horas para tocar la imagen del santo popular. El clima de la festividad fue una mezcla de respeto sagrado y celebración pagana; mientras el humo de los asados y el sonar de los acordeones envolvían el predio, cientos de jinetes de gala iniciaron la tradicional procesión de la Cruz del Gauchito desde la Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes. Esta cabalgata es el corazón del rito: una reivindicación del gaucho desertor que prefirió el martirio antes que derramar sangre de hermanos en guerras civiles.

Sin embargo, la jornada se vio empañada por una tragedia. Cerca de las 6 de la mañana, en el sector de estacionamiento de colectivos, un peregrino de 64 años oriundo de la provincia de Buenos Aires falleció tras sufrir una descompensación. Según el informe de la Comisaría Tercera de Mercedes, el hombre habría sufrido una obstrucción de las vías respiratorias mientras consumía alimentos. A pesar de la rápida asistencia, el personal médico no pudo reanimarlo, y su cuerpo fue trasladado a la morgue local bajo disposición fiscal.

A pesar del triste suceso, la fe no flaqueó. Los devotos continuaron llegando con historias de milagros, enfermedades sanadas y trabajos recuperados. «El Gauchito te cumple, pero vos también tenés que cumplir», se escuchaba entre los puestos de feria donde las estatuillas de yeso y las cintas rojas se agotaban rápidamente. Al caer la tarde, el resplandor de miles de velas creó un manto de luz sobre el santuario, cerrando un ciclo de promesas que se renueva cada año con la misma fuerza indomable.